“Con la cola entre las patas, como el animal que me sentía, volví a casa. No tuve que decir nada, en mi cara se leía todo y la lectura tuvo que ser patética, porque en lugar de reproches recibí sonrisas entumecidas y palmaditas en la espalda, aunque nada de eso alivió la congoja que sentía. La sensación era la de haberme chocado a gran velocidad contra un muro, dejándome tan aturdido que no podía definir sentimientos, tampoco podía entender la situación que me había llevado a sufrir tremendo choque. Trataba de poner las ideas en orden para hacer un diagnóstico de mi mal, pero no fui yo sino alguien de mi familia quien acertó cuando se decidieron a poner el tema sobre la mesa. - Tu adicción no es a las drogas, sino a la mierda - dijo ese alguien. El que calla otorga y yo tuve que callar. Me dolía reconocerlo pero era cierto. No tuve el coraje para preguntarles cómo se curaba uno de ese hábito, cuál era el tratamiento, dónde, quién me podría ayudar, y pensé que si no existía un lugar que ofreciera algún tipo de terapia, la humanidad estaba en mora de instaurarlo, porque de lo que sí estaba seguro es de que yo no era el único, somos millones de comemierdas que tenemos que curarnos en silencio, o como ha ocurrido tantas veces, morirnos de una sobredosis fecal. De algo tiene que servir tanta mierda - no obstante me consolé -. Por algo la usan como abono.”
— Rosario Tijeras, Jorge Franco
